QUE VIENE LA TRONA!

“La infancia se mide por los sonidos, olores y vistas, antes de las horas oscuras en que la razón crece.”
(John Betjeman)

 

Saludo del maragato a los seguidores del blog

 

Andaba yo esa tarde, amurniada, con un libro debajo del brazo, “El búho que tenía miedo a la oscuridad” se llamaba, aunque para algunos mayores el bicho de la portada fuese una coruxa ; ni ganas tenía de jugar con las moñas, tampoco de coger trompo ni mariquitas, a lo mejor, puede que estuviera con andancio.

Con las rodillas dobladas, los codos sobre ellas y la mano bien prieta, acostando media cara desde la barbilla a la oreja, desfiguré la mejilla izquierda, con ese careto que se le queda a uno cuando está con la modorra, o fastidiao; observaba sin mucho entusiasmo a algunos guajes, allí sentada, en el segundo escalón del portal cinco de Santa Teresa.  Como era normal por aquella época en la que, por fin, te despojaban de leotardos y calcetines, salían las temidas bojas al primer contacto de la zapatilla de camping con la piel, no acostumbrados los todillos a andar desnudos, así que, solo me hubiera faltado esnafrarme con la bici para empezar aquel verano, un flemón ya había tenido por San Pedro.

Aquel trajín ese rato no me prestaba nada, ni siquiera cuando la abuela de David anunció que ese verano él vendría unos días, y que así podría salir con nosotros a por saltipajos, ir a la piscina y a los columpios del pinar; por un momento pensé que me habían desaparecido los males, pero no.

A veces me acuerdo de aquel polo encarnao con una lagartija bordada que antes no habría reconocido, y hasta años después tampoco, y unos pantalones cortos Lois, pero no customizados, ya se veían cortos de nacimiento.Qué niño tan moderno aquel para los escasos cincuenta kilómetros que nos separaban y qué igual todo ahora, menos aquellos baldes de felicidad que solo se hallaban en la diferencia, esa que había entre el que echaba algo de más y el que la echaba de menos.

Allí seguí un rato, hasta ver formar un marro en la valla de Porfirio; bajar a otros por la cuesta de la loma, cruzando la calle sobre el puente del arvejal para tirar la bici a un lado y bajarse por el otro mientras “al gua” ya estaban entrando canicas sin que hubiera parado aún la cadena de alguna bicicleta. Había divisiones borrosas para jugar a la semana y al pañuelo, unas en la acera y otras en la misma carretera, a las que con solo repasar un par de trazos, servían de un día para otro, solo buscar una piedra buena en el reguero o un cacho de teja o ladrillo, como estaba haciendo ahora Luisa, tampoco estaba yo para eso, asi que decliné lo de los juegos.

El escalón de abajo ya estaba ocupado también, entre las cabezas de dos niñas veía pasar las páginas de aquel álbum de cromos de Bimbo, el del Libro de los Juegos; para arreglar la tarde, amenazaba trona por las Arrimadas.

Me puse en pie, malamente, y subí a casa con aquel dolor detrás de las rodillas; no sé por qué, pero siento la misma sensación decreciente en el ánimo y progresiva en el cuerpo, y noto un aroma imaginario a alcohol de romero cada vez que hay nubes de agua o se aparece una coruxa. Y seguro es que no son agujetas de la BH ni me mancan las zapatillas de “Preciosona”.

 

Post escrito escuchando esta canción: “Il you love me” (Van Morrison&BB King)

Tormenta por las Arrimadas – boñardondemascorreelagua-

 

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