CAMINO DE BOÑAR

“En todos sus sueños más bellos, el hombre no ha sabido jamás inventar nada que sea más bello que la naturaleza.”

(Alphonse De Lamartine)

 

En este preciso punto del camino nada ha cambiado. Cielo, nubes, montañas, lo árido del terreno, las hierbas del arcén, los arbustos en mitad de algún prado que parecen congelados de tamaño, para no disturbar la imagen. Del gris de alguna nube al gris del asfalto, en una mirada de arriba a abajo, se recorre todo el pantonero.

Al venir, despacio, conversación animada o en silencio ruidoso;  A velocidad moderada o con prisas, viajes de ida y vuelta, de “recaos”, sobresaltos, flores de vida o despedida, a ver de qué es ese dolor que no pasa, a pasar el entre semana con tristeza y los libros debajo del brazo, pensando en el viernes, a renovar carnés, a comprar de oferta lo que sí hay en el pueblo o lo que no se encuentra en el, al cine, a por unas zapatillas de ballet, unos paquetes de karnita, unas alfombrillas para el coche, endodoncias, entretelas, ecografías, teatro, jabón de barro del Mar Muerto o pasar la iteuve del reuma.

Al ir en silencio resignado o de tertulia tranquila, depende del ticket que hayamos sacado. Los de la vuelta, a resultas de lo bien que se les haya dado el día. Los de ida y vuelta subordinados a las expectativas que le hayan puesto al colorido de este preciso punto del camino (y a la música que lleven en el coche o el dial sintonizado, más emputecidos con Federico o más pausados con Alsina, o a ratos uno y otro, para no encasillarse ni con uno mismo), color y oído, pero hay que dejarse llevar.

           A partir de ahí, hacia la montaña, todo es color y lo que surja. Las curvas del camino, los pinos a un lado y otro de la carretera, la recta enfilando Barrio,  la cigüeña a la izquierda, en el nido a la entrada de la carretera de Santa Colomba, el señor de la bici que ya no se ve salir de Castro, la rotonda de Barrio, el Roberto sin coches a la puerta -donde antes se paraba aunque fuera a comprar tabaco, tomar café o por no hacer el viaje del tirón-. Ya se intuye el Porma. Rectas y cambios de rasante, las deformadas casas del Carrizal, pastos, vacas, más cigüeñas, agua, casas, manzano en venta a la derecha, en Lugán, más curvas, agua y vistas ya sin zoom a la montaña, nieve más a la izquierda que a la derecha. La imponente iglesia de planta románica de Vegaquemada, a la izquierda humeando nuevos puestos de trabajo, el puente de Palazuelo, el nuevo y el de siempre que ya no se cruza, la recta que servía para adelantar al camión o autobús que tocaba seguir desde Candanedo, porque siempre alguno coincidía.  Ya se cruza La Vega.

A Boñar se va a muchas cosas, a respirar, a ver, a sentir, a visitar. También a volver, los que pasaron el entre semana y tienen allí su hogar, o solo una casa, los que tienen árbol sin raíces y los que tienen raíces sin árbol. Al ir, se anticipa la llegada, cada rodada se siente como camino, en los mismos pies, que se desgastan como que hubieran hecho y deshecho ese viaje tantos cientos de veces. Los que lo hacen de cuando en cuando, lo recorren con las botas nuevas, y ansiando recorrer cada centímetro, descifrando el misterio de los chopos, el agua, el Pico Cueto y la Salona.

Pero en este preciso punto nada ha cambiado. Todo está igual. Más allá y más acá todos pensamos, a ratos, en el otro lado, aunque sea para volver o para no hacerlo, pero ahí está Boñar.


En un punto del camino a Boñar

Post escrito escuchando esta canción: “Viva la montaña, viva” (Tarna)


 

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