LOS PENDONES DE GRANDOSO

Si te mezclas una calurosa mañana de otoño entre la multitud, en un lugar en el que la mayoría es gente de paso, turistas extranjeros, peregrinos haciendo pausa en el Camino o visitantes de la ciudad en un día de fiesta, te das cuenta de que los Pendones causan extrañeza y admiración a partes iguales. Desde el mástil a los remos, los llamativos colores del paño y la capelina y la singular manera de cargarlo no deja impávido a nadie. “¿Cuánto pesará el palo que llevan?” – dice una señora a mi lado- Un mozo que sujetaba un remo estiró el cuello para sacarla de dudas: “50 kilos más o menos señora, este por lo menos”.

Enseguida, entre la representación de esos casi doscientos pueblos anunciados, apareció Grandoso, que siempre sale. Y nosotros, los que estamos por ahí, respiramos hondo y algo ufanos, aunque sea por cercanía.  Llegan los colores verde, granate y oro de su pendón, pendoneta y estandarte, que lucen alegres, bien alto, orgullosos -y no es para menos-, y el azul que visten a juego con el color del cielo que adornó el día.

 

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